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Apropiación cultural: ¿Dónde está el límite entre la inspiración y la ofensa?

La apropiación cultural es una práctica recurrente –y poco penalizada– en la industria de la moda. ¿Pero dónde está el límite entre la inspiración y la ofensa?
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© Bihor Couture.

La apropiación cultural es un concepto que en los últimos años ha ido cogiendo fuerza en Estados Unidos y, más recientemente, en nuestro país. Ha infestado campos tan diversos como la música, la moda y el arte hasta la cocina o un simple –y aparentemente inocente– disfraz de Carnaval. Y aunque Instagram y las redes sociales, alentados por los medios, han propiciado el nacimiento de una especie de policía urbana que encarnan entidades como @diet_prada en la moda o @whos____who en el arte, parece que este crimen sigue produciéndose a diario y que, aquellos que lo cometen, no siempre son castigados.

John Galliano lo perpetraba en 2003, todavía a la cabeza de Dior, con un desfile Spring Couture inspirado –de forma casi ofensiva– en China y Japón. Un año más tarde, también en primavera, decidía apropiarse de todo el simbolismo del Antiguo Egipto a modo de homenaje. Riccardo Tisci se servía de la estética de las cholas latinas para la colección A/W 2015 de Givenchy y subía a la pasarela el exotismo del pueblo bereber, en Marruecos, en otoño de 2009. Y Valentino y sus trenzas de espiga en el desfile S/S 2016 de la firma acabaron por enfurecer a muchos. Pero la lista es larga y crece a diario.

La apropiación cultural sucede cuando alguien extrae un elemento cultural perteneciente a un grupo social o comunidad y lo utiliza en su provecho (económico) borrando su origen o relativizándolo.

Jean Paul Gaultier, Nicolas Ghesquière en Balenciaga, Hermès, Alexander McQueen, Rodarte, Jeremy Scott, Chanel, Hussein Chalayan, Dsquared2, Dolce & Gabbana, Junya Watanabe, Louis Vuitton, Marc Jacobs, Tory BurchVictoria’s Secret o Urban Outfitters son algunos de los nombres que han perpetuado esta práctica en la industria de la moda. Aunque uno de los casos de apropiación cultural más escandalosos hasta la fecha sigue siendo el de Isabel Marant y el plagio de los diseños elaborados desde hace más de 600 años por las costureras mexicanas del municipio de Santa Maria Tlahuitoltepec, que la UNESCO acabaría declarando como legado cultural apenas dos años más tarde.

El pasado mes de julio, sin ir más lejos, se hacía pública la noticia que exponía la apropiación de Dior de la vestimenta tradicional de los habitantes de la pequeña región de Bihor, en el interior de Rumania, para su colección Pre-Fall. Según informaciones de Bored Panda, la maison francesa habría enviado sus ojeadores a la región hace un año para inspirarse en los coloridos trajes regionales de sus habitantes aunque la firma nunca llegara a hacer mención de dicha fuente de inspiración ni remunerara de ningún modo el trabajo artesanal realizado por las costureras desde hace un siglo.

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Parte del desfile de la colección Spring Couture 2003 de Christian Dior. © Style.com.

Dior ya había levantado polémica este mismo año con el lanzamiento del Dior Book Tote y cuatro pulseras tejidas que se inspiraban en Méjico. Las piezas, que compartían un gran parecido con el arte huichol y chamula de dicho país fueron, irónicamente, elaboradas –según relataba en un cortometraje Vogue Paris– en un “pequeño taller familiar en Italia”. Con todo, en esta última ocasión se hizo justicia, ya que la revista de moda rumana Beau Monde lanzó en su defensa una campaña en la que aparecían los diseñadores y costureros originales de la región, que crearían también una nueva línea de ropa para preservar las tradiciones de su comunidad: la colección Pre-Fall 1918-2018 de la firma Bihor Couture.

Una respuesta genial, en definitiva, a una práctica recurrente –y poco penalizada– en esta industria. Y de forma todavía más reciente, este mismo mes de julio Zara lanzaba al mercado una chamarra con el bordado tradicional de la comunidad de Aguacatenango, en el municipio de Venustiano Carranza de Chiapas, México, donde 8 de cada 10 personas se encuentran en situación de pobreza. La marca, además, ya se había apropiado de sus textiles tradicionales en 2016 con una blusa de la misma comunidad, según informaciones de Animal Político, algo que dificulta en gran medida que esta generación de artesanos pueda salir adelante.

La moda no es un lenguaje creativo autónomo. Bebe de su entorno, de las influencias que ya existen, y siempre se relaciona de alguna manera con lo anterior, por lo que no resulta fácil sentenciar que algo es apropiación cultural de manera inequívoca.

¿Pero qué es exactamente la apropiación cultural? Marta Delatte, periodista, investigadora y Research Director en Liquen Data Lab, cree que en España es un tema que se discute poco y mal: “Tiene que ver con el uso, recepción y explotación de elementos culturales (música, bordados, peinados, danza, etc.) propios de comunidades que históricamente han sido ninguneadas o oprimidas, por parte de miembros de otras culturas dominantes”. Carlos Primo, periodista, autor y profesor de Historia de la Moda en IED Madrid, lo matiza: “Sucede cuando alguien (un artista, un diseñador o una marca) extrae un elemento cultural perteneciente a un grupo social o comunidad y lo utiliza en su provecho (económico) borrando su origen o relativizándolo”.

Según Delatte, “se puede considerar apropiación cultural cuando ese uso, recepción o explotación son problemáticos”. Es decir, cuando van de la mano del extractivismo cultural: otro concepto que, en palabras de la investigadora, todavía nos genera más preguntas que respuestas. En esencia, es el resultado de obtener conocimiento sin tener en consideración aquellos que lo producen. Otro término enraizado con fuerza a los problemas estructurales de racismo, sexismo, capitalismo y colonialismo todavía predominantes en nuestra sociedad y, por ende, en nuestra cultura.

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Parte del desfile de la colección Fall 2015 Ready-to-Wear de Givenchy. © Monica Feudi/Feudiguaineri.com.

En la moda, Delatte esclarece que la apropiación cultural se hace evidente cuando los elementos culturales son utilizados a modo de puesta en escena exótica, “a menudo con total ignorancia sobre la cultura a la que pertenecen o sobre lo que significan”. Aunque citar, interpretar e inspirarse en otra cultura, según Primo, no siempre constituye apropiación cultural: “La moda no es un lenguaje creativo autónomo. Bebe de su entorno, de las influencias que ya existen, y siempre se relaciona de alguna manera con lo anterior, por lo que no resulta fácil sentenciar que algo es apropiación cultural de manera inequívoca”.

En este sentido, el límite entre la inspiración y la copia resulta muy fino. Para Primo, la inspiración es explícita y ocurre en aquellos casos en que el diseñador o la firma de moda de turno alude claramente al origen de sus ideas. La copia, sin embargo, pasa por la apropiación de un motivo estético, una prenda o una técnica textil omitiendo su origen y cualquier tipo de implicación con la comunidad original en su proceso de elaboración o conceptualización. Algo que, para el docente, resulta esencialmente un acto de torpeza: implicando a una comunidad determinada en el proceso de producción de una firma ésta puede beneficiarse de un aumento en el valor de sus prendas y un fortalecimiento de su imagen que le otorgará un apariencia más responsable.

Al igual que las ideas, los estilos no pueden ser objeto de derechos de propiedad industrial o intelectual, sin perjuicio de que existan consideraciones de otro orden respecto al aprovechamiento comercial de estilos desarrollados por comunidades étnicas con escasos recursos.

En tal caso, ¿por qué las marcas recurren a la apropiación cultural en lugar de colaborar activamente con las culturas o los artistas que les han servido como fuente de inspiración? Primo nos facilita la respuesta: “Porque es más barato y sencillo en términos logísticos. Y porque muy pocos de estos casos realmente acaban pasando factura real a las marcas que los protagonizan. Por lo general, al público real de las firmas estas cuestiones le dan absolutamente igual”. Y añade: “Si el cliente hiciera una investigación en Twitter y en medios especializados antes de comprarse un bolso o un abrigo otro gallo cantaría, pero generalmente no es así”.

En términos legales, la definición de apropiación cultural ni siquiera existe y la inspiración en un estilo no se considera apropiación. Por este motivo Sergio Miralles, socio fundador del despacho de abogados especializado en propiedad industrial e intelectual INTANGIBLES, estima que la utilización de estilos étnicos por parte de las marcas es difícilmente perseguible en un plano legal: “Al igual que las ideas, los estilos no pueden ser objeto de derechos de propiedad industrial o intelectual, sin perjuicio de que existan consideraciones de otro orden respecto al aprovechamiento comercial de estilos desarrollados por comunidades étnicas con escasos recursos”.

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Parte del desfile de la colección Spring 2016 Ready-to-Wear de Valentino. © Yannis Vlamos/Indigitalimages.com.

Al final, y en palabras de Carlos Primo, “negar estas prácticas es negar la naturaleza de la moda”. Coco Chanel, sin ir más lejos, replicó en su día los jerséis a rayas de los marineros bretones para crear su marinière; un gesto que a día de hoy podría etiquetarse como apropiación. Sin embargo, según relata Primo, la diseñadora nunca ocultó el origen de sus ideas y se mostraba orgullosa de haber traducido al lenguaje de la alta costura prendas, colores y patrones que por aquel entonces no pertenecían a la moda, sino a la indumentaria tradicional o profesional.

A fin de cuentas, se trata de una cuestión de ética. De pedir permiso, pactar condiciones, reconocer el esfuerzo de otras personas y redistribuir los recursos, la atención y el dinero cultivando –y citando a Marta Delatte– “una buena pedagogía de los cuidados y el consentimiento”. De educar a las nuevas generaciones, en palabras de Miralles, “en valores como el respeto a la diversidad cultural, la protección de las minorías étnicas y sus culturas y la sensibilización del necesario respeto de las creaciones inmateriales de los demás”. Iniciativas como Impacto, una entidad sin ánimo de lucro que busca vincular a los artesanos con diseñadores y firmas que otorguen un valor real a su trabajo, constituyen un buen comienzo en este sentido. Aunque hacen falta más.

La salud de una marca puede verse deteriorada por varios motivos, incluyendo la mala imagen de tener que recurrir a estilos ajenos por ausencia de creatividad propia.

La solución, para Delatte, pasa por contratar equipos que no sean un monolito cultural. Algo que, en el reinado de las redes sociales, se ha convertido en una prioridad para salvaguardar la buena salud de las marcas. Lo secunda Miralles: “Sin duda su imagen puede verse deteriorada por varios motivos, incluyendo la mala imagen de tener que recurrir a estilos ajenos por ausencia de creatividad propia”. Los diseñadores, en definitiva, deben ser capaces de generar ideas más allá de la apropiación; especialmente cuando ésta se lleva a cabo de forma descontextualizada y estereotipada. La moda, según Primo, “es un patrimonio construido entre todos mediante aportaciones, diálogos, réplicas y hurtos de todo tipo. Es decir, algo que debe ser sometido a crítica”.

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