La precariedad en la moda va más allá de Bangladesh: esta es la realidad que nadie te cuenta

by Raquel Bueno,

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© Sophie Carre/DIORMAG.

Uno de los pilares básicos sobre los que se sustenta el capitalismo contemporáneo es el factor del sueño. Ese imaginario colectivo del deseo que idealiza sectores y profesiones como la moda, el cine o el periodismo para hacernos creer que, si trabajamos lo suficientemente duro –aun bajo condiciones cuestionables y sueldos que brillan por su ausencia–, un día lo conseguiremos y allí nos encontraremos, brindando con Karl Lagerfeld o publicando novelas cual Truman Capote.

Pero la realidad que envuelve estas industrias es muy distinta y, en más de una ocasión, cuando llegas a estar dentro de ellas caes en la cuenta de que no eran más que eso: cortinas de humo. Por eso Giulia Mensitieri, doctora en antropología social y etnología, decidió explorar las distintas formas de precariedad dentro del capitalismo contemporáneo a partir de la industria de la moda francesa, en una tesis doctoral convertida en el libro Le plus beau métier du monde (El trabajo más hermoso del mundo).

Tras la publicación de la obra, a mediados del pasado mes de enero, numerosos medios se hacían eco del escándalo que, en el fondo, no era más que un secreto a voces. Lo curioso, sin embargo, es que el libro no se focalizaba en las que han sido –a ojos del público– las principales víctimas durante décadas de la precariedad laboral en la moda: las modelos. Tampoco hablaba de la superexplotación laboral y los trabajos forzados en países como China, India, Vietnam, Tailandia, Argentina, Brasil o Corea del Norte. Ni de los (también existentes) talleres de explotación europeos.

La moda se rige por una regla contradictoria: cuanto más prestigio permita acumular un trabajo y más reclame una consagración simbólica y material, menos será remunerado.

El informe Global Slavery Index 2018, realizado por la Walk Free Foundation, apuntaba que el primer mundo importa mil millones de prendas anuales manchadas de esclavitud y que, en total, cuarenta millones de personas en el mundo sufren esta situación. No obstante, se dejaba a una de las partes más implicadas (y afectadas) en el mecanismo actual de la industria: los creativos. Y es que la esclavitud moderna se asienta en los países más desfavorecidos pero nace y se perpetúa en los sitios más inesperados, como en la cuna de la alta costura por excelencia: París.

Mensitieri analizaba en su libro los sistemas de dominación dentro del universo de la moda y sus consecuencias –a menudo dramáticas– sobre los individuos que las sufren. El trabajo gratuito, la tiranía jerárquica y las presiones personales son tan solo algunos de los fundamentos de una industria que parece escapar, como escribía Marion Raynaud Lacroix en una entrevista con su autora para la edición francesa de i-D, a toda forma de regulación.

La raíz de la cuestión reside en una paradoja: la mayoría de estos profesionales están divididos por un estatus económico precario y un estatus simbólico de gran valor. Entre acudir a fiestas diariamente, viajar en primera clase, hospedarse en hoteles de lujo y recibir todo tipo de regalos… y no ser capaces de llenar la nevera o pagar un alquiler. Es, según afirmaba la doctora en susodicha entrevista, “una constante en el mundo de la moda: la coexistencia del lujo extremo y de la precariedad”.

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© DIORMAG.

Y añadía durante otra entrevista con Stefanie Marsh para The Guardian: “Lo que quiero dejar claro realmente es que esta explotación existe en el corazón mismo del poderoso centro simbólico y económico de las casas de alta costura; las grandes marcas de lujo. Pero es una forma diferente de explotación”. El mensaje, según Mensitieri, es el siguiente: “No tienes que cobrar porque tienes suerte de estar allí para empezar”.

La moda, en palabras de Mensitieri, “se rige por una regla contradictoria: cuanto más prestigio permita acumular un trabajo y más reclame una consagración simbólica y material, menos será remunerado”. Y por esta contradicción son afectados miles de creativos dentro –y en los márgenes– de la industria: desde fotógrafos a estilistas, diseñadores, maquilladores, asistentes, becarios de todo tipo, estudiantes… y, por supuesto, periodistas. Pocos sabemos ya dónde acaba el trabajo y dónde empieza la vida privada. El ritmo frenético de la moda invade también los espacios de vida y, como efecto secundario, Mensitieri afirma que “el trabajo en la moda obliga a fabricarse una imagen de uno mismo y un personaje”.

Si a este hecho se le añade, además, el factor de que la moda es una de las industrias más potentes del capitalismo de nuestros días, que genera ingentes beneficios y ocupa un papel primordial en la economía mundial y se encuentra en el podio de las industrias más contaminantes del mundo… la cosa empeora. El grupo LVMH, sin ir más lejos, acumula ya setenta grandes firmas de moda (Louis Vuitton, Christian Dior y Celine entre muchas otras) y ha visto aumentar sus beneficios hasta en un 41% en el primer semestre de este año. Pero el capitalismo necesita este sueño y la moda, que esencialmente fabrica productos materiales, necesita a los medios para transmitir y propagar este imaginario deseable que la ha colonizado y que, al final, se acaba traduciendo en ventas.

Entrar en este mundo es aceptar el precio a pagar: el ritmo, la injusticia, la desigualdad…

Estas cuestiones van, según evidencia la autora, más allá de la moda: “Conciernen todo el trabajo considerado inmaterial y creativo”. No es de extrañar, en consecuencia, que la explotación laboral se haya arraigado también con fuerza entre los profesionales que trabajamos en los medios. Trabajar gratuitamente es algo visto como normal hoy en día en la gran mayoría de periódicos y revistas; y, al final, la tendencia dicta la norma. En palabras de Mensitieri: “Entrar en este mundo es aceptar el precio a pagar: el ritmo, la injusticia, la desigualdad…”. Pero las cosas por su nombre: el prestigio no paga el alquiler.

El periodista veterano y escritor madrileño Carlos Fonseca publicaba recientemente una columna en El País Semanal que amenazaba con hacerse viral. Titulada Un muerto social, era toda una declaración de intenciones y una especie de in memoriam que constataba la crisis en esta profesión, para muchos moribunda. Decía así sobre su año y medio en el paro: “Tengo 59 años y las empresas desprecian la experiencia y exaltan la juventud por una mera cuestión crematística: los jóvenes son más baratos. Tampoco estoy dispuesto a sobrevivir a la pieza por unos euros que me parecen una burla. Gratis no trabajo”.

Y es que una vez sales por la puerta de estas industrias, el retorno se hace prácticamente imposible. Pero ni las grandes marcas, ni revistas ni periódicos salen adelante sin tener detrás un buen equipo de creativos. Lo explicaba la académica durante su entrevista en i-D: “El creador, es Dios, un solo individuo que crea un universo que debe ser deseado por otros”. Pero añadía: “Esta es una representación completamente ficticia: los creadores nunca trabajan solos”. Y aquellos con los que trabajan, por cierto, también necesitan comer.