La moda, una de las cinco industrias implicadas en la esclavitud moderna

by Teresa Avendaño,

North Korean employees
Trabajadoras de Corea del Norte trabajan en una fábrica textil de una compañía surcoreana (2013). © Kim Hong-Ji.

Recientemente se ha publicado el informe Global Slavery Index 2018, un estudio centrado en la superexplotación laboral de nuestros días: un secreto a voces que impregna nuestra sociedad, pero del que nadie dice nada. Más específicamente, el informe investiga los trabajos forzados que se llevan a cabo dentro de la industria textil; sobre todo en países como China, India, Vietnam, Tailandia, Argentina y Brasil. Según los resultados de la investigación —realizada por la Walk Free Foundation—, el primer mundo importa mil millones de prendas anuales que están contaminadas de esclavitud (término que incluye matrimonios forzados, servidumbre por deudas y tráfico de mujeres y niños).

En total, son 40 millones de personas las que sufren esta situación y, además, el 71% de todas ellas son mujeres. En palabras de Paula Dinorah Salgado, doctorada en Ciencias Sociales y autora del estudio de investigación Superexplotación, Informalidad y Precariedad. Reflexiones a partir del trabajo en la industria de la confección, “desde la óptica de las y los consumidores de ropa, un reconocimiento pleno de esta realidad implicaría que sólo nos pudiéramos permitir adquirir prendas que provean las garantías necesarias de que en ninguna instancia de su producción se ha empleado a personas de fuera de la normativa laboral”. Es decir, según su reflexión, debería ser inaceptable que seamos partícipes de este crimen. De hecho, actualmente, la moda se encuentra entre las primeras cinco industrias mundiales implicadas en esta sumisión.

El primer mundo importa mil millones de prendas anuales que están contaminadas de esclavitud. En total, son 40 millones de personas las que sufren esta situación y, además, el 71% de todas ellas son mujeres.

La esclavitud moderna da la vuelta al mundo, se asienta en los países más desfavorecidos y es aceptada por Occidente; que hace oídos sordos a esta cuestión. Todo se remonta al estancamiento económico de los años setenta, cuando las firmas más potentes cambiaron su organización de producción para combatir la fuerte crisis económica mundial. Así, la industria dejó de centrarse en la calidad de los productos y concentró su negocio en disminuir costes. ¿Cómo? Trasladándose a países con una mano de obra barata e intensiva. La misma estrategia comenzaron a seguir el resto de firmas más pequeñas y, poco a poco, el conglomerado fue haciéndose más grande a base de explotar estos países.

La globalización en la que nos encontramos es una problemática para el consumo. Tal y como sigue explicando Dinorah Salgado, la globalización del consumo y del cambio que la moda lleva entre manos hace que nuestras prendas caigan en desuso antes de haber acabado su vida útil. Y, por consiguiente, estos trabajos forzados se mantienen. Sin embargo, actualmente, no todo ocurre en las fábricas de producción, el problema comienza antes: en las cosechas de algodón donde tanto mujeres embarazadas como niños han sido explotados durante las últimas décadas y, en ocasiones, ni siquiera se les ha pagado por ello. En 2017, la situación cambió mínimamente gracias a Walk Free Foundation, que consiguió que el grupo Inditex se uniera —al igual que Gucci y Levi’s— a la red Responsible Sourcing Network que lucha para erradicar las plantaciones de algodón no ético.

Todo se remonta al estancamiento económico de los años setenta, cuando las firmas más potentes cambiaron su organización de producción para combatir la fuerte crisis económica mundial y se trasladaron a países con una mano de obra barata e intensiva.

Infografía Global Slavery Index
Infografía parte del Global Slavery Index 2018. © Walk Free Foundation.

Es cierto que la industria textil esconde una cara oculta que difícilmente la sociedad quiere descubrir, a pesar de que algunos temas relacionados con esta problemática sí sean tratados por los medios: las nuevas tecnologías para apoyar la sostenbilidad, los últimos materiales reciclados o las nuevas firmas ecológicas de slow fashion. Pero parece ser que el trato humano ha quedado en un segundo plano, un problema que no se quiere esclarecer en su totalidad para evitar poner en práctica una solución.

“Se trata de una problemática que involucra diferentes frentes. Por supuesto que una política global de control de la producción implicaría una transformación radical de este fenómeno”, apunta a propósito de ello Dinorah Salgado. Y añade: “Por otro lado, conocer las condiciones en que se ha elaborado la prenda en todos sus eslabones y, finalmente, el interés de quien compra la ropa. Que indague, que pida certificaciones que avalen las declaraciones hechas en los puntos de venta. Se trata de una larga cadena que se alimenta en cada instancia. Desde cualquier eslabón se puede empezar a romper”.

Estas prácticas son muy comunes y el camino para conseguir su abolición parece ser que queda muy lejos. Sin embargo, otros cambios en la industria textil están siendo posibles y, por ello, no cabe duda de que también se podrá llegar a esta meta. Comenzar a fomentar una conciencia colectiva que abarque esta situación puede ser el primer paso para hacer desaparecer el horror que viven millones de personas. Proyectos como Who Made My Clothes?, de Fashion Revolution, pueden parecer un grano de arena dentro de esta montaña; sin embargo, son los más necesarios.