Todos somos fashion victims

by Sònia Flotats,

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El pasado domingo el programa Salvados de La Sexta, con Jordi Évole a la cabeza y bajo el título de Fashion Victims, abordó el fenómeno conocido como ‘fast fashion’ el “producir ropa a un precio asequible que se renueva muy a menudo en las tiendas”, en palabras del programa.

Como periodista interesada en la moda más allá de los flashes y la pasarela, esperaba el reportaje con muchas ansias y estoy contenta que se emitiera en prime time, porque el Salvados de este domingo llegó a un 18,1% de audiencia, la mejor de la temporada, superando a GH VIP, que ya es decir. Una audiencia que se traduce en 3,8 millones de espectadores y miles y miles de tuits de personas que, aunque todavía con muchos interrogantes acerca de lo que se esconde el fenómeno de la moda rápida y de la moda low cost, se miraban, en muchos casos por primera vez, la etiqueta de sus pijamas, probablemente made in Camboya o Bangladesh. Gracias Salvados.

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Aún así, apagué el televisor con un mal sabor de boca. Y no solo por lo que vi, que en realidad no fue nada nuevo (talleres en España que han tenido que bajar sus persianas por la feroz competencia que ha supuesto la deslocalización; fábricas en el sudeste asiático que -con más o menos ética- se aprovechan de las condiciones permisivas de los países en los que se encuentran; y consumidores que se enorgullecen de comprar barato o caro, sin saber que al final sus prendas vienen de la misma fábrica), si no porque me quedé con la triste sensación del “Y ahora qué”. Y supongo que si yo me quedé así, algo parecido le habrá sucedido a esos 3,8 millones de espectadores. Y es que a lo máximo que me hizo llegar el reportaje fue a la conclusión de que todos y todas somos fashion victims.

Las trabajadoras del textil de la fábrica Dignity -irónico nombre, ¿verdad?- se dan cuenta que son fashion victims al enterarse que en España un jersey de los que fabrican cuesta una cuarta o, a lo sumo, una quina parte de su sueldo. Y eso que Évole no se atreve a decirles que algunos pueden costar dos y tres veces su sueldo o a contarles que “domingo” no es sinónimo de “vacaciones”.

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César Laborda, gerente de Iberasia,  también se convierte en un fashion victim al estar al mando de una empresa en la que, por más “Better Factory” que sea, seguramente no querría ver a su hija cosiendo o cortando telas y en la que, para más inri, por el simple hecho de hacerlo algo mejor sin hacerlo bien del todo, tiene menos beneficios que muchas otras de sus homólogas.

También son fashion victims Pilar Rodríguez y María Graña, las dos modistas que nos cuenta cómo pusieron en marcha talleres en Galicia coincidiendo con el boom de Zara y cómo se vieron abocadas a una feroz guerra de precios hasta que no les quedó más remedio que cerrar.

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Y también es fashion victim María Almazán, extrabajadora de una gran marca que además de tener que dejar su trabajo por no soportar las malas prácticas que veía, sabe que, pese a haber puesto en marcha un proyecto de moda sostenible, en China y muchos otros países sigue habiendo adolescentes de 16 años cosiendo como locos para que otros de su misma edad compren al otro lado del mundo con el mismo frenetismo.

Incluso son fashion victims Jordi Évole y todo su equipo porque, como dice el periodista en el artículo que publicaba ayer en El Periódico, ahora que ha visto en primera persona el lado menos glamuroso de la moda, no puede evitar pensar que parte de su sueldo sale de esas mismas marcas cuyo nombre los proveedores a los que ha entrevistado no se atreven a mencionar.

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Y naturalmente, somos fashion victims los 3,8 millones de espectadores que el domingo por la noche nos arropamos en la cama con sábanas que no sabíamos si era mejor que estuvieran hechas aquí o allí porque parece que, hagamos lo que hagamos, alguien saldrá perjudicado. Y es que mientras al principio del reportaje una trabajadora camboyana nos pedía que consumiéramos más para que ella tuviera más trabajo; hacia el final una modista gallega nos animaba a comprar moda local para potenciar nuestra industria y demostrar al sector que queremos productos de proximidad. Y entonces, ¿nosotros qué debemos hacer? ¿Hacía dónde debemos mirar?

Y todo ello, sin tener en cuenta todo lo que nos queda por saber y asimilar, cómo los falsos made in Italy que esconden en realidad talleres clandestinos, las triquiñuelas en el etiquetado europeo, el problema ambiental que supone la gran cantidad de ropa que consumimos, los procesos de producción que hay detrás ella;… y un largo etcétera que a Évole le daría para un documental.

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Al menos esta semana 3.8 millones de personas la hemos empezado siendo algo más conscientes de lo que hay detrás de la ropa que vestimos. Y ya se sabe que para dejar de ser víctima de algo el primer paso es ser consciente de ello.

Por todo ello, y aunque soy plenamente consciente de que el programa de Salvados podría haber tenido un enfoque más atrevido, completo, preciso, holístico… agradezco a Évole que pusiera en prime time un domingo por la noche el tema de la fast fashion. Todo suma.

Y si alguien se ha quedado con ganas de ver el programa, desde aquí lo puede hacer:

 

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