Cinco razones para mantear a David Delfín

by Pablo Gandia,

Por Gorka Postigo
Por Gorka Postigo

Todo el mundo tiene una opinión sobre David Delfín, incluso los que desconocen a qué se dedica. Su nombre y apellidos siempre generan dos reacciones irreconciliables, algo similar a lo que ocurre cuando se discute sobre fútbol o política en un bar español. A un lado del estadio, o del Congreso, destacan los fans incondicionales del diseñador que alaban cualquiera de sus actos, por muy fuera de lugar que estén. Seguro que los habréis visto más de una vez. Muchos de ellos llevan tatuados palabras aspiracionales con la caligrafía estrella de la casa (escrita siempre con la mano izquierda) y suelen escuchar, cómo no, la música de Alaska. También tienden a homenajear a las chicas Almodóvar, y si en alguna conversación alguien arremete contra Rossy de Palma, la defienden con una frase placaje: ¡que sabrás tú de belleza!

Al otro extremo del campo, en silencio, permanecen los que no comparten las ideas de Delfín. Y digo que permanecen porque, a pesar de sus diferencias, siempre observan todo lo que el andaluz presenta. Negarán haber visto Los Amantes Pasajeros (él diseñó el vestuario de la película), aunque por supuesto criticarán con pelos y señales sus disparates. Tampoco habrán revisado su última colección Mentiras (el nombre, por cierto, viene como anillo al dedo) y jamás admitirán que hacer de los colores de la bandera de España algo cool, no está al alcance de cualquiera. Pero son precisamente estas dos posturas radicales, de amor y odio, de “David Delfín es lo más” y “para mí está sobrevalorado”, las que hacen que Diego David Domínguez González (Ronda, 1970) sea digno de estudio sociológico. Y en esto, ambas partes están de acuerdo. Bueno, en esto, y en que Delfín es a la moda lo que Messi al fútbol: un fenómeno de masas en lo suyo. Aquí van cinco razones que explican por qué.

1. Si el arte no va a la moda, hagamos que ocurra lo contrario

Algo así debió pensar el diseñador cuando se estrenó en Cibeles, en septiembre de 2002. ¿Su propuesta? Modelos con la cabeza tapada, sin transparencias, y sogas al cuello. Obviamente, la prensa le abucheó. ¿De verdad alguien creía que España iba a estar preparada para aquello? O mejor dicho, ¿para algo que no fueran vestidos de puesta de largo o prendas de un incipiente Inditex? David Delfín era consciente de que estaba provocando al público, aunque luego se excusara con el surrealismo de Buñuel o Los amantes de Magritte. Una aclaración histórica: el cineasta y el pintor trascendieron por su crítica a la sociedad en la que vivían. Y en eso consiste el ejercicio del arte, en remover consciencias. Pero cero lamentaciones, porque el tiempo acabó poniendo las cosas en su sitio: en 2008, David Delfín fue el primer español que presentó su colección en un museo (nada más ni nada menos que en el Guggenheim). Y encima, vivió para contarlo.

2. American Dream

Cruzar el charco siempre ha sido un sueño desde que el hombre conoció la modernidad, aunque pocos han tenido el privilegio de vivirlo. El diseñador lo hizo dos veces consecutivas: la primera, en septiembre de 2009; y la segunda, en febrero de 2010. Una, con prendas negras, blancas y granates; y la otra, con un derroche de azul al que apellidó Playback. ¿Era el título de aquella última colección el indicio de un derroche real? ¿Su equipo estaba preparado para afrontar económicamente la aventura? Él mismo reconoció en varias entrevistas que la ambición les jugó una mala pasada, pero que no había de qué avergonzarse. Después de todo, la moda es un sistema que se recicla (y olvida) cada vez más rápido.

3. Definirse con los demás

Ya en Nueva York dejó claro su interés por colaborar con otras firmas. En Revelations AW09, Suárez desarrolló para el diseñador una serie de joyas que intentaban imitar la estética punk. Nada mejor para una colección que resumía el traje de luces ante el público estadounidense. En Playback SS10, Christian Louboutin diseñó los zapatos de todas las salidas, y volvió a repetir en Katharsis SS14. Entre medias, a Pelayo Díaz le dio tiempo suficiente para graduarse, conocer la parte más personal de David Delfín y acompañar sus desfiles con una discreta línea de bolsos. Seguramente también fue él quien le hizo decantarse por las famosas Dr. Martens.

Imagen-2
Por Diana Kunst

4. Adicción al directo

La relación que pueda haber entre el Japón de la Segunda Guerra Mundial y el diseñador andaluz, quizás solo se reduzca a una pasión mutua por el arte del Ikebana. Pero en realidad la cosa va un poco más lejos. El coreógrafo Marcos Morau le propuso en 2013 confeccionar el vestuario de su obra Nippon-Koku, que se estrenaría al año siguiente en la Compañía Nacional de Danza. El encargo requería un esfuerzo considerable: había que llegar a un equilibrio para que el universo de David Delfín no fuese el protagonista, pero tampoco pasase desapercibido. Fifty fifty. Complicado, ¿verdad? Pues al final supo contenerse, y le gustó tanto que en el 2015 se animó con dos obras más: Carte Blanche, también de Morau, y Carmen, una actualización de la mítica gitana de Merimée. Está claro que el escenario puede convertirse en un vicio, especialmente si hay antecedentes teatrales con Dani Pannullo.

 5. ¿De qué va eso de la masculinidad?

Antes de que en España se empezara a hablar de la androginia, David Delfín ya había cuestionado sobre la pasarela los límites entre géneros. Lo hizo por primera vez en el playback de Nueva York, cuando sacó a desfilar a un modelo con escote de palabra de honor. Y lo perpetró con su musa Bimba Bosé, que cada seis meses, durante más de diez años, ha sabido llevar esmóquines, velos y sotanas, sin parecer que iba disfrazada. Pero al margen de este potencial camaleónico, aún queda espacio para rendir culto a la belleza clásica del hombre. Los abanderados, Clément Chabernaud, Sebastian Sauvé y el español Andrés Sanjuan. También en las últimas temporadas el diseñador ha hecho hueco a los que en su infancia fueron nerds. Altos, bajitos, gafotas o con brackets; todos y cada uno de ellos están invitados a formar parte de una firma (corrijo, una filosofía de vida) que habla del deseo. De querer ser diferente al resto de la clase, o de aspirar a machacarse en el gimnasio para pasar desapercibido. En el universo de David Delfín, siempre habrá asientos disponibles.

Imagen-3
Por Diana Kunst