El precio a pagar por seguir el fast-fashion

by Miriam Mora,

Livia Firth
Livia Firth visitando el Rana Plaza de Bangladesh.

No es nada nuevo que los medios se hagan eco de lo perjudicial que es la industria del fast fashion. Una industria valorada en muchos ceros pero con graves consecuencias medioambientales, sociales y en última instancia, en la creatividad en el mundo de la moda, que muchas veces brilla por su ausencia y es reemplazada por un seguimiento desenfrenado de tendencias. Numerosos colectivos y personas individuales alzan su voz para frenar esta práctica o al menos para concienciar a otros sobre sus nocivos efectos. “Sí, estoy haciendo ruido. Me estoy abriendo camino” confiesa Hoda Katebi, bloguera e influencer iraní detrás de JooJooAzad.com.

 
En el marco de la Semana de la Tierra, la activista eco-fashion Livia Firth explora para Teen Vogue el impacto medioambiental de consumir productos de la industria del fast-fashion. Firth relata la cara menos amable de la moda, aquella que todos conocemos pero que miramos hacia otro lado mientras adquirimos un nuevo pantalón de 15 euros. Lo que no nos cuestionamos –al menos en el momento de la compra- es quién paga el coste real del producto que acabamos de adquirir a un precio irrisorio. A pesar de ver como miles de personas murieron hace tres años en el complejo Rana Plaza en Bangladesh y de conocer a través de muchísimos documentales la realidad del día a día de estas personas, no hacemos nada por detener esta situación. Mientras las grandes corporaciones que siguen una filosofía empresarial dudosamente ética siguen acumulando ceros en sus cuentas, el resto seguimos alimentando esta situación.

vertedero
Ropa desechada en un vertedero.

Viendo la situación en la que se encuentra el sector, algunas de estas empresas han decidido apostar por explotar una imagen green, ya sea a través de colecciones cápsula como con otro tipo de acciones, que no dejan de ser insuficientes en temas ecológicos a pesar de que vendan totalmente lo opuesto. A pesar de que lancen una colección hecha con materiales orgánicos, el volumen de productos no orgánicos supone más de la mitad de la producción total de la compañía. Si además de eso sumamos que muchas de esas prendas acabaran en un vertedero, el problema sigue estando ahí. Como simplifica el reportero Marc Bain “un vertedero a rebosar de algodón orgánico sigue siendo un vertedero a rebosar”.

 
El único consuelo que nos queda ante esta situación es saber que no estamos solos ante este drama y que cada vez son más las personas que alzan sus voces para que algún día la moda ética y ecológica impere en esta industria.

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