El futuro de la moda ética

by Raquel Bueno,

Greenpeace Zara
El ‘Detox’ Zara Day of Action de Greenpeace, en Estocolmo. © Greenpeace International.

El mundo cambia. Y, con él, nos recuerda cada vez más que el poder del cambio reside en las manos del consumidor. Ya no queremos pieles. No queremos más plástico. Y parece que las grandes firmas de la moda están empezando, por fin, a escuchar. Diseñadoras como Vivienne Westwood o Stella McCartney son las grandes caras de este cambio, pero el pronóstico es positivo y todo a punta a la conversión de muchos más.

Cada vez existe una mayor conciencia global hacia la generación de residuos, el uso de materiales ecológicos y los ideales promovidos por el slow fashion: conceptos aunados para desafiar el modelo de la industria como lo conocíamos anteriormente. Y es que ya no se trata solamente de presentar colecciones otoño-invierno y primavera-verano. Ahora hablamos también de colecciones crucero y en cápsula, y generamos muchas más toneladas de ropa al año. La moda es cada vez más caduca, más efímera y, en consecuencia, busca cada vez materiales más baratos. Y los procesos de producción llevados a cabo para elaborar cada una de estas piezas generan una contaminación sin precedentes que contribuyen, una vez más, a la destrucción de un planeta ya muy castigado dejando residuos de tejidos y tintes tóxicos y retroalimentando un consumismo que se nos ha ido ya de las manos.

Ante tal situación ha nacido un movimiento para plantarle cara que se propone darle un más que merecido respiro a este sistema y volver a priorizar la calidad y el respeto al medio ambiente por encima de la cantidad y la producción en masa y a cualquier precio. La moda se pregunta a si misma si este ritmo que se ha autoimpuesto es realmente necesario y busca reinventarse. Son los nuevos revolucionarios del siglo veintiuno: un equipo de diseñadores y creativos que se han levantado en armas –hilo y aguja en mano– y han apostado por un modelo de industria mucho más ético y responsable. España cuenta ya con más de uno, como la firma Sidikai, que nació de la mano de las hermanas Carlota y Mariana Gramunt y apuesta por un modelo de economía circular, el zero waste y el respeto absoluto a los derechos de sus trabajadores.

Fashion Revolution
© Fashion Revolution.

En una prenda promedio se desperdicia entre un veinte y una treinta por ciento del material, cada año se producen entre 80.000 y 100.000 millones de prendas –una media entre 12 y 14 prendas anuales por persona–, y el Banco Mundial estima que la industria textil es la responsable del 10% de las emisiones globales de CO2 del planeta que, según el informe McKinsey, se verán incrementadas hasta un 77% en 2025. No cabe duda: hacer este cambio es imprescindible, y el tiempo urge.

Además, y por lo que respecta a los materiales sostenibles, no todo es tan bonito como nos hacen creer. El poliéster, por ejemplo, desprende millones de partículas de micro plásticos que al lavarse en el agua se trasladan a los ríos y acaban en el estómago de los peces que más tarde son también consumidos: contribuye a una cadena trófica de tóxicos, por decirlo de alguna forma, y aunque consume menos recursos en el momento de la producción acaba generando un importante impacto en el medio ambiente. Es, además, la materia que más se usa en la actualidad a nivel global y, por lo tanto, un grave problema y uno de los mayores desafíos a los que deberá enfrentarse la moda sostenible.

Es imperativo que elevemos los estándares de calidad y autenticidad de todos los productos que llevamos y que éstos sean cada vez más exigentes con los principios de responsabilidad social y medioambiental de las marcas. Las opciones para conseguir textiles sostenibles para una producción más natural existen –desde marcas como Organic Cotton Colours o Jeanología, en España, hasta Lebenskleidung en Alemania o Naturellement Chanvre en Francia– así que ya no hay excusa para no exigir a las empresas que aporten una mayor transparencia hacia la trazabilidad de su cadena de producción y suministro y que, a su vez, dispongan de certificados que lo confirmen (como el Fair Wear Fundation o Fair Trade).

Ferragamo

La colección Orange Fiber de Salvatore Ferragamo. © Salvatore Ferragamo.

Es apremiante, también, otorgarle al producto aquel precio que realmente merece: apreciando lo que ha costado elaborarlo y reconociendo el método a aquellos que lo hicieron posible. Y es urgente que dejemos de comprar marcas que producen a costa de trabajadores explotados en condiciones de una indecente precariedad laboral y, en más de una ocasión, esclavizados. Es decir: asegurar que el proceso de producción sea completamente limpio y garantizar a las personas que realizan estas piezas de ropa unas condiciones económicas y laborales justas (que, en el fondo, es lo mínimo). Debemos devolverle al comercio local la importancia que se merece. Dejar de comprar de forma compulsiva y devolverle así el valor, a su vez, a las piezas que poseemos y que sí provienen del comercio justo. Ser más exigentes con la calidad de las prendas que vestimos y serlo menos con su precio. Aprender a vivir con menos y mejor.

Parece que el mensaje se ha entendido y cada vez surgen más iniciativas como Fashion Revolution, la consultora global Made By o el Barcelona Ethical Fashion Fest que se proponen expandirlo, a la vez que gigantes del mundo de la moda como H&M se unen a esta tendencia. Sostenibilidad es sinónimo de innovación, y el mundo de la moda, de nuevo, deberá seguir avanzando con ella. Un movimiento que nace con fuerza y que cuenta todavía con una gran cantidad de desafíos, aunque ya hemos empezado a ver sus frutos y el cambio, una vez puesto en marcha, promete ser difícil de frenar.