Welcome Back Gemma

by Oriol Bruc,

GEMMA | itfashion.com

Empieza la música. Está de pie, justo en la entrada del recinto, subida sobre unos altísimos zuecos de madera. Se siente bien, aunque los zapatos son más altos de lo que recordaba. Lleva un abrigo azul marino ceñido a la cintura, calcetines hasta las rodillas, el pelo engominado y los ojos cubiertos de eyeliner. Ha estado varias horas esperando en su propio camerino, lejos de las cámaras y del ojo público, lejos de los demás, como en los últimos seis años. Los estilistas se le acercan revisando los pliegues, el maquillaje y aquel mechón pegado a la frente que no quiere permanecer en su sitio. La colocan en posición, delante de todas. En realidad, no está nerviosa. No puede estarlo. Después de todo, ahora vuelve a ser Gemma Ward.

La última vez que estuvo en un sitio así tenía poco más de veinte años. Llevaba cinco trabajando sin parar, desde que fuera descubierta en aquel talent show de Australia, su Australia natal, donde se refugió de la vorágine mediática. En aquel entonces, decían de ella que era un bebé eterno, un alien, un ser etéreo y nada terrenal, grácil y delicado. Desfiló para Chanel, Prada, Versace, Elie Saab y todos los grandes, y a los dieciocho años ya tenía más de tres millones de dólares. Estaba en la cúspide, en lo más alto del panorama post milenio, en prácticamente todas las campañas y editoriales. Ese era su mundo, el ambiente en el que creció y cambió de adolescente a joven, siempre trabajando, hasta que pasó lo de Heath. Y engordó.

Fue un momento difícil. Se sentía triste y vacía, desencantada, y el mundo le respondió con crueles mensajes sobre su nuevo cuerpo. Perdió a Heath, y con él, el sentido de todo lo que estaba haciendo. Estaba cansada. Volvió a Australia, con su familia, donde hizo diversas incursiones en el mundo del cine y vivió como una persona completamente anónima. Fue así como pudo tomarse su tiempo para pensar en sí misma como mujer, como persona, como algo más que el magnético alien que desembarcó en Europa a los quince años.

Y en el camino, tuvo a Naia. Piensa en ella, acurrucada en los brazos de David. Su hija ha sido un gran apoyo para volver a conectarla con la vida real, empujándola a encontrar motivaciones y a darse cuenta de su suerte. Recuerda la campaña para Country Road que han rodado las dos juntas. “It took forever to get away, but it was worth it. It always is”, reza en el anuncio. De momento, parece serlo.

Detrás de ella, escucha como un par de modelos quinceañeras pronuncian su nombre. La mayoría no saben quien es, y la miran con curiosidad mientras piensan en su propio momento de gloria. No las culpa; su paso será efímero. Le gustaría darse la vuelta y decirles que disfruten del momento, como una experiencia más, sin tomarse las cosas tan en serio. Pero si fuera así, ya no serían adolescentes.

Los realizadores están dando órdenes a las chicas y faltan pocos segundos para que empiece el show. Comprueba una vez más la estabilidad de los zapatos e intenta recordar como desfilar. Postura recta, cruce de piernas, caderas, balance de brazos y actitud. Se pregunta cómo reaccionará la industria de la moda, cómo reaccionará ella misma, cómo será todo ahora que ha vuelto. Porque ha vuelto. Y esta vez es una mujer madura, guapa, con las cosas claras. “I hope it’s bold, and fresh, and free”, dice en Country Road. Y así lo espera. Pero no es momento de distraerse. Ya lo hará. Ahora, lo que toca, es abrir Prada.

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