5 razones por las que Azzedine Alaïa ha sido uno de los mejores modistos de nuestros tiempos

by Raquel Bueno,

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Fotografía de Arthur Elgort para el número 142 de la Vogue americana, publicada en diciembre de 1982.

El pasado sábado 18 de noviembre una triste noticia inundaba las portadas de las principales cabeceras de moda mundiales: Azzedine Alaïa, el genio de la moda que se negó a ser esclavo del sistema y eligió ser libre –provocando y desafiando a muchos por el camino–, moría en París a los 77 años vistiendo, probablemente, su traje chino de color negro que años atrás ya había convertido en su uniforme. Gigante de la moda, aunque de estatura diminuta, siempre reivindicó que la estructura de las empresas había crecido demasiado y, como consecuencia directa, la moda se había deshumanizado. Por eso su firma y su forma insólita de entender la moda trascenderán al paso del tiempo: Porque nunca le interesó tener presencia comercial, nunca hizo publicidad y sus tiendas ni si quiera tenían escaparate. Simplemente hacía lo que él mejor sabía hacer: Cortar y coser, con una técnica impresionante más propia de un artesano que de un diseñador; y hoy os brindamos cinco razones por las que Alaïa, sin ningún lugar a dudas, ha sido y seguirá siendo uno de los mejores costureros de nuestros tiempos. El romántico de la moda definitivo a quién el mundo, muy difícilmente, podrá olvidar.

1. Porque vivía al margen del circo mediático

Rara vez concedía entrevistas y, cuando lo hacía, se rumoreaba que repetidas veces se levantaba y se iba. Y por eso mismo también rara vez desfilaba como el resto de grandes marcas de haute couture (decidió retirarse del calendario oficial de la fashion week de París en 1992): Celebraba espectáculos íntimos en su sede parisina semanas después y tras que la multitud de la moda hubiera abandonado la ciudad. Solo enseñaba sus prendas de ropa cuando él sentía que estaba realmente preparado, y las modelos estrella del momento se daban de cruces por asistir a uno de ellos. ¿La razón? Para él, el trabajo era importante pero la vida lo era, si cabe, todavía más. Odiaba la velocidad que nos imponen los tiempos que corren y por eso rechazó el calendario oficial y estableció el suyo propio. Una aura de exclusividad que logró que, en consecuencia, sus diseños se fueron haciendo cada vez más y más deseables. Huían de Instagram y de esa tendencia enfermiza de compartirlo todo y eran, llanamente, meras piezas de ropa colmadas de belleza y elegancia. “Simplemente ropa magnífica hecha de forma magnífica, para halagar y realzar a las mujeres que amaba”, escribía el editor y periodista de moda inglés Hamish Bowles en la Vogue americana. Y no podríamos haberlo dicho mejor.

2. Por su trayectoria impecable (y porque hubo un momento en que fue el secreto más preciado de Greta Garbo)

El modisto, nacido en Túnez en 1940, se mudó a París en el año 1957 y logró entrar en el taller de Christian Dior (por aquel entonces en las manos del joven Yves Saint Laurent) en poco tiempo, aunque acabó siendo despedido más tarde por no tener los papeles en regla (eran unos años complicados en las relaciones políticas de Francia y el Magreb e, irónicamente, años más tarde Sidney Toledano –presidente de Dior– le ofrecería ocupar el lugar del fulminadamente despedido John Galliano, y éste no dudaría en rechazarlo). Eran los años sesenta, había pasado también por Guy Laroche y la familia Blegiers lo contrató como mayordomo y modisto. No solo vestía a la mujer de la casa, si no que también cocinaba y cuidaba de los niños. Su esencia recordaba en gran medida a la de Balenciaga, aunque ya empezaba a vislumbrar un entendimiento muy distintivo del corte y las proporciones de las piezas; y fue precisamente esa mujer, la condesa Nicole Blegiers, quien le acabaría presentando a personalidades, por aquel entonces, de tanto calibre como Greta Garbo. Sus lista de clientes pasó rápidamente a contar con la aristocracia francesa mejor vestida: Desde Arletty a Mitterand, Picasso… Un secreto que, por su propio deleite, se esforzaron en mantener bien guardado. También dejaría su huella en marcas tan conocidas como Thierry Mugler, hasta que en la década de los 70 decidiría abrir su propio taller. Desde aquí le damos las gracias.

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 El estampado de leopardo de Alaïa en algunas de sus mujeres favoritas. Fotografía de Jean-Baptiste Mondino publicada en noviembre de 1991, en Vogue.
3. Por sus infinitas odas al cuerpo femenino

Azzedine Alaïa se convertiría también en el famoso escultor de la moda, por la forma en que sus vestidos eran capaces de moldear la silueta femenina –en lugar de intentar suprimirla, como muchos otros– a través de sus impresionantes piezas de cuero y de tela que actuaban como una segunda piel y convertían a la mujer en un ser rebosante de poder, fuerza y encanto sexual. Él, de hecho, era un gran amante del cuerpo y las formas femeninas y, por ello, sus diseños y sus siluetas icónicas definirían la moda de la década de los ochenta en artistas como Madonna, Tina Turner o Grace Jones; y crearían al elenco de supermodelos de los 80 entre las cuales Naomi Campbell siempre tendría un papel especial. Tenía, de hecho, apenas 16 años cuando conoció al diseñador y éste le brindó una habitación en su propia casa. Ella lo siguió llamando papá durante años, y lo definió como “el diseñador de los diseñadores, un hombre único en el mundo”. Aunque no solo marcaría esa época, minoristas y clientes sentirían tanta codicia por sus diseños que acabarían por ajustarse a su patrón idiosincrásico, y éste establecería también una moda de exageración y excesos en las décadas de los 80 y los 90 que llevaría al hecho de que, a día de hoy, una nueva generación de diseñadores todavía sigue desafiando el cruel e implacable sistema de la moda para hacer lo mismo. Nada mal como legado…

4. Por su terrible dedicación

Lo escribía Grace Coddington, la mítica directora creativa de la Vogue americana, este mismo sábado, tras conocer la desagradable noticia de su muerte: “Tal vez fue el único diseñador capaz de coser meticulosamente un vestido de principio a fin; todos lo hemos visto hacerlo, trabajando en su atelier hasta las primeras horas de la mañana. Tal dedicación. Una pérdida muy grande”. Y él mismo lo confirmaba en una entrevista publicada por SModa: “He elegido ser libre. Lo que no significa que no trabaje. Todo lo contrario. Me esmero de sol a sombra. Pero en mi corazón sé que nadie me obliga”. Y por eso, quizás, fuera tan sumamente bueno. De hecho, ese sería el motivo por el que se atrevería a criticar a otros gigantes de la moda del tamaño de Karl Lagerfeld que, según Alaïa comentaría en 2011, “jamás ha usado unas tijeras”. Él, en cambio, era de los pocos que no tenían problema en coger la aguja y el dedal para dar forma a las prendas que dibujaba. Sus dedos delataban horas y horas de trabajo. Y no eran manos de director, si no de maestro artesano.

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Ilustración de Grace Coddington incluida en su libro de memorias, Grace: A Memoir. Cortesía de Random House.
5. Porque fue un host legendario y supo hacerse querer

Alaïa fue también un amante empedernido de las fiestas y de reunir a sus más cercanos amigos hasta altas horas de la mañana en su cocina, o de celebrar épicas cenas hasta altas horas de la madrugada noche tras noche en su casa, repleta de actores, artistas y todo tipo de celebridades del mundo de la cultura. A la mañana siguiente, no obstante, volvería a rebosar energía y estaría, de nuevo, al pie del cañón en su atelier. Su objetivo último sería hacer sentir bellas a las mujeres y, por eso, haciendo que se quisieran ellas mismas –y empoderándolas de forma que ningún otro diseñador había logrado hacer antes– logró hacerse querer. Es por eso que, tras el conocimiento de su muerte, incontables celebridades la lamentaban y celebraban haberlo conocido: Desde Derek Blasberg –que lo denominaba como “dios de la moda”– hasta Kim Kardashian West, Edie Campbell, Alexander Wang, Marc Jacobs… Y muchos, muchos más. La moda era su forma de vivir, su modo absolutamente característico de entender la vida. Coger una tijera y coser conllevaba tiempo, y el mismo diseñador lo explicaba: “No hay tiempo para crear y eso se ve en la moda, que parece demasiado arrogante hoy en día”. Y, quizás, ésta sea una de las muchas lecciones que nos queden por aprender de él.