5 lecciones que aprendimos en la PFW

by Alba Correa,

Son tiempos de inestabilidad en la industria de la moda, la crisis económica, la elección de Trump como presidente de EE. UU., el Brexit o la proximidad de los comicios franceses y el miedo a un resultado parejo al de EE. UU. tienen un correlato textil sobre la pasarela. La confrontación, la evasión y la defensa se convierten en actitudes esgrimidas y legítimas en los discursos de la colección, y no dejan de ser parches y soluciones que buscan paliar la apatía de los consumidres finales, y elaborar un posicionamiento sólido. Conectar con el público no es una tarea tan importante como encontrarlo, entenderlo. Estos son las cinco lecciones de estrategia que aprendimos de la semana de la moda de París.

 Aprovecha las oportunidades del entorno

 

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Maria Grazia Chiuri sabe hacer un D.A.F.O., y si no, hay alguien que lo hace por ella muy bien. La llamaron en Dior para que perpetrase la misma magia que en Valentino, la misma fórmula de delicadeza deseable, y ella lo ha hecho añadiendo un giro de su cosecha: convertir a Dior, la firma de la ultrafeminidad por excelencia, en adalid del movimiento feminista en cuanto a eslóganes impresos en camisetas se refiere. Después de aquel “We should all be feminists”, no ceja en su empeño de llevar la política a nuestros armarios con un desfile poblado de guerrilleras que visten chaquetas de inspiración militar filtradas por la aguja de un sastre, y boinas de manifestante de mayo del 68, todo en riguroso navy blue. Pero no nos llamemos a engaño, Chiuri no es ninguna activista loca (seguramente para nuestra desgracia), el feminismo reivindicativo flota en el ambiente y no es nada trasgresor, es apacible, poco catártico y despolitizado, y admite interpretaciones comerciales hasta del mismo imperio Dior. Una lección magistral de cómo catalizar el mood de una época (imaginad a Wolf, Davies, Beauvoir, Haraway, clavadas con chinchetas en un moodboard), y de cómo monetizar con eficiencia la utopía y la lucha de la igualdad.

Adáptate a los tiempos

 

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Chanel es un templo. No sólo por lo que nos ha dejado en términos de legado, por lo que significa dentro de la industria y lo que supone en la historia de la moda y de las mujeres. Chanel es un espacio empresarial privilegiado en términos de autonomía financiera, el patio de la casa de Lagerfeld es particular. Hoy en día, cuando todas las firmas relevantes de moda han sido adquiridas por alguno de los grandes holdings de lujo, Chanel mantiene su independencia. Pero, siguiendo con la canción infantil, cuando llueve se moja, como los demás, y los tiempos de crisis han sido un reto. Ya advertía Bruno Pavlosky, presidente de moda de la maison, en el contexto del Chanel Métiers d’Art, que haría falta adaptarse con rigurosa rapidez a los cambios que el mundo sufría, y que eso pasaba por plantear una estrategia mucho más flexible. Unas declaraciones que venían justificadas por un balance de ventas de aprobado raso. La  estrategia de universalización de precios de la firma descansaba todo su peso en la subida de las etiquetas en europa, y había sido su veneno y su cura al mismo tiempo. De un lado, el cliente europeo, aún maltratado por la crisis económica, no podía afrontar la subida que se le imponía y prescindía del producto. De otro, el cliente asiático, mucho más fuerte, agradece la bajada con un subida de las ventas que es, en última instancia, lo que salva el balance de cuentas de Chanel. Cabía esperar una pronta respuesta de Lagerfeld a las insinuaciones de Pavlosky, y la ha habido, se llama Gabrielle. El fenómeno de los itbags potenciado por Instagram introdujo a Chanel en el streetstyle.

Gabrielle es el primer bolso con nombre propio de Chanel después de décadas, y con él llegan lanzamientos en joyería, relojes y un nuevo perfume, además de un tímido guiño al cliente masculino através de Pharrel Williams. Es difícil verlo en desfiles espectaculares en el Grand Palais de noventa salidas, pero Chanel hace ya mucho tiempo que no intenta vendernos ropa (nadie puede tener tanto tweed rígido en casa), pero canaliza su energía en enamorarnos de los detalles, de los bolsos, del maquillaje y de las lacas de uñas. El impresionante decorado espacial del último desfile es el mejor escaparate posible, el packaging de un concepto que viene a respaldar una estrategia anti-crisis que descansa en la diversificación, una receta cara que no suele resultar efectiva, pero que habrá que esperar a ver si en Chanel genera el hype perseguido y estimula las ventas.

Reafirma tu posición

 

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Construye tu propio mito, difunde tu leyenda. Si nadie lo ha hecho hasta ahora, nadie podrá hacerlo mejor. La solución de Givenchy en su primera colección tras la despedida de Riccardo Tisci no puede ser más eficaz. La idea de teñir de rojo los modelos más icónicos de la andadura de doce años del italiano por la maison francesa no sólo es ahorrativa, sino que reviste de prestigio su propio legado reciente. Lejos de renegar de la anterior dirección creativa, o de apresurarse por hacer un fichaje estrella que seguramente sea esporádico, la firma ha optado por encumbrar su propio nombre dedicándose a sí misma una colección que tiene categoría de monografía reciente. La decisión de teñir las piezas de color rojo aumenta el interés y la intriga, el rojo es un color de celebración en algunas culturas, de muerte y de renacimiento también. No hay mejor metáfora para solucionar como nadie una colección de transición como esta.

El refugio de la belleza

 

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En el backstage del desfile de Chloé, su directora creativa Clare Waight Keller, declaró que lo único que perseguía era ser capaz de evadirse, y por ello había apostado en un chic psicodélico (aunque tan pragmático y limpio como todo lo que puedes soñar de Chloé). Waight Keller se despide de la firma con esta última colección, con la que quiere celebrar su paso, pero también su tránsito, decir adiós con una sonrisa, energía positiva y dedicándose al oficio de crear belleza. Nadie puede culparla por ello. Bouchra Jarrar en Lanvin, también se rinde a la delicadeza de la feminidad sin sepultarla bajo un manto de flores como las Ofelias de Chiuri, o sin necesidad de caer en la fábrica de princesas Disney de Elie Saab. Jonathan Anderson lleva haciendo lo propio desde que llegó a Loewe en el que puede ser el retrato más favorecedor que se le ha hecho jamás a España en términos de estilo. Diseñadores que se han dedicado a la pulcritud de las formas, a crear prendas favorecedoras llenas de practicidad, a perseguir la belleza sin perder la clave de actualidad, en una industria en la que lo fácil es caer del lado del vintage del exceso de Gucci, o la anti-moda de los revolucionarios Vetements.

La mejor defensa es un buen ataque

 

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La elocuencia siempre ha sido una virtud de Miuccia Prada, y el contenido, el punto fuerte de sus colecciones, no ha habido en Europa una representante mejor de la vertiente intelectual de la moda. Miu Miu lleva mucho tiempo hablándonos de la dimensión irracional del ser humano plasmada en la moda, y en esta ocasión los conceptos de glamour y de locura se trasvasan en una misma colección. Porque el glamour, dice Miuccia, sólo puede ser locura en estos tiempos, y tiene razón, porque si no Demna Gvasalia no habría tenido el mismo éxito a base de recuperar el chándal o los chaquetones de plumas. Miu Miu no quiere ser razonable ni pragmática, apuesta porque el mundo de hoy merece abrigos de peluche coloridos y solapas excesivas.

 

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