Fashion as an emergency exit

by Pablo Gandia,

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Si eres de los que consume cine más allá de las carteleras, te darás cuenta de que ya no se hacen grandes películas; de que ya no hay argumentos originales o directores capaces de establecer un punto y aparte sin la necesidad de remitirse al pasado. En los últimos años parece ser que en el séptimo arte todo está inventado y el espectador es incapaz de quedarse impresionado. Asistir a las salas de cine es como entrar en el típico bar español que huele a fritanga: sus productos están refritos una y otra vez y absolutamente todo sabe de la misma manera. Por tanto, ¿cuál es la salida más rentable que dispone el cine actual para ser original? ¿Qué mecanismos puede utilizar para salir de la vorágine monótona en la que hoy en día se encuentra estancado?

Si una vez más echamos la vista al pasado, nos percataremos de que los griegos, con las bases de su tragicomedia, ya habían desarrollado el 90% de los argumentos existentes. El cine, a lo largo de sus ciento treinta años de vida, se ha dedicado solamente a reformularlos y actualizarlos, porque él mismo era consciente de que en este campo no se podía innovar. Por ello, Hollywood intentó introducir mecanismos para sorprender al espectador, y lo consiguió con creces. Efectos especiales, localizaciones de ensueño, guiones poco realistas y personajes que, a través de una personalidad insólita y altiva, atraían al público en general. Pero con el paso de los años, estos mismos mecanismos se han ido normalizando y, de la misma manera que sucede con los telediarios informativos, han dejado de sorprender. Para el espectador actual ya no constituyen un añadido fílmico y se han convertido en el mínimo que toda película necesita para ser comercializada. El espectador es por tanto cada vez más exigente y reclama productos culturales que den un paso hacia adelante.

Sin embargo, entre todas las películas realizadas en los últimos cincuenta años, existen algunos ejemplos que supieron romper con lo establecido. Y lo lograron gracias a personalidades que concebían la moda justamente como lo hacía el historiador británico Eric Hobsbawm: como una forma de predecir incomprensiblemente el futuro. A finales de los setenta, Woody Allen y Diane Keaton fueron en la película Annie Hall un claro ejemplo de ello. Y es que, a través de la pareja neurótica que interpretaban -y que seguramente eran en la realidad-, conectaron de inmediato con el público. Atrás quedaron los personajes del cine clásico en los que muy pocos podían sentirse identificados. Con Woody Allen, cualquiera era capaz de proyectar en la figura de los protagonistas, Alvy y Annie, a sus propios vecinos. Nadie imaginaba que un chico con gafas de pasta que hablaba sobre la cultura de masas podría ser el futuro de la gran pantalla, pero así fue. Por ello, a su director se le consideró desde ese momento un auténtico visionario. Impuso el prêt-à-porter en el cine, vistió a Diane Keaton de Ralph Lauren y se alejó de la superficialidad que siempre había imperado en el séptimo arte. Woody Allen comprendió que el mundo avanzaba hacia una democratización cultural y que, el espectador medio, en sus momentos libres, quería ver cuál era el resultado.

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Otro ejemplo más actual es, sin lugar a dudas, el director estadounidense Wes Anderson. Cuando hablamos de él no hace falta referirnos a géneros, películas o escenas determinadas, porque, con tan solo pronunciar su nombre, nos viene a la mente toda una serie de imágenes icónicas, lo suficientemente potentes como para definir la personalidad de su autor. En efecto, hablar de Wes Anderson supone hablar de colores, personajes estrambóticos y paisajes fantásticos. Hablar de Wes Anderson es hacer referencia a la imaginación de un niño que ha crecido manteniendo intacta su inocencia. Pero, para ello, el director de cine ha tenido que contar con la ayuda de numerosos profesionales de la industria de la moda. Una de ellas es la estilista Karen Patch que llevó a cabo el diseño de vestuario del personaje Margot Tenenbaum, reproducido hasta la saciedad. Constituyéndose como una versión femenina y actualizada de Don Quijote, Margot vivía soñando en una realidad que nunca parecía comprenderla. Un personaje que, al igual que Alvy en Annie Hall, fácilmente podemos identificarlo con cualquiera de nuestro entorno más próximo, cuya vida esté estancada en el duro choque entre la verdad y la ficción. Quizás en este sentido se asemeje a la personalidad de su autor, para quien el mundo, a pesar de haberle reconocido finalmente su trabajo, jamás llegará a estar a su altura.

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Estos últimos cincuenta años de historia nos han servido para comprobar que el cine necesita nuevos recursos si quiere alcanzar la originalidad; para entender que un buen argumento no sirve de nada si no hay una motivación interna; y, sobre todo, para reafirmar que lo importante no es lo que la película cuenta, sino de qué manera lo hace. Por ello, en este difícil camino, entra en juego el diseñar la vida de los personajes, el conseguir que quien aparezca en la pantalla se asemeje a la complejidad de quien la ve. Y para conseguirlo, una vez más, debemos mirar las directrices de una industria que predice el futuro y que nos permite, a través del presente, moldearlo a nuestras necesidades.

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