Eugenia de la Torriente: volver a empezar

by Pablo Gandia,

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Existe algo en Eugenia de la Torriente (Barcelona, 1980) que impacta a primera vista. Quizás sea ese anonimato que defiende a capa y espada en las redes sociales, y que tan misteriosa e interesante la vuelve. Y es que, en un momento en el que la figura del periodista contemporáneo se caracteriza por conjugar vida y profesión, y por demostrárselo al mundo sin tapujos, Eugenia prefiere mantenerse invisible. Nada sabrás de ella. Ni en Facebook, ni en Instagram, ni en las constantes fiestas que la industria de la moda realiza para darse a conocer, aún más si cabe. La periodista catalana no necesita promocionarse. Durante los últimos quince años ha construido con El País una carrera sólida e infranqueable. Una trayectoria con la que ha comprendido que su oficio, el del periodismo de moda, debía mantenerse en las redacciones. Entre esas cuatro paredes alejadas de los flashes en las que, solo a base de tiempo, paciencia y muchas renuncias personales, una logra crear escuela.

Eugenia de la Torriente nos abre las puertas de la que hoy es su nueva casa: Harper’s Bazaar. El pasado mes de diciembre la nombraron directora de la edición española, en marzo lanzó el primer número con el grupo originario Hearst, y ahora, desde su impecable despacho, nos explica los objetivos que persigue. En cualquier otra persona hubiera sido necesario preguntar por qué la escogieron para el puesto, pero en el caso de Eugenia resulta más que evidente. Y las evidencias, en el periodismo, jamás fueron bienvenidas.

A los 18 años empezaste a escribir en la revista de tendencias AB mientras estudiabas Comunicación Audiovisual. ¿Qué queda de aquella joven?

Yo creo que muchísimas cosas. La pasión por la moda y el periodismo permanece prácticamente intacta, incluso ha aumentado con el paso de los años. Este es un oficio que cuanto más lo prácticas, más te enamoras de él, porque vas descubriendo sus partes malas y sus sombras, pero también sus goces y las maravillosas oportunidades que te ofrece.

Años más tarde sentaste las bases de tu carrera con el equipo de El País. Han sido quince años en los que has diseccionado con éxito el esqueleto de la industria de la moda. Ahora, echando la vista atrás, ¿cómo resumirías la experiencia?

El País siempre será mi casa y mi familia, y por muchas vueltas que dé la vida, eso ya nunca va a cambiar. Es el sitio en el que yo me formé, en el que aprendí todo lo que sé y al que le debo todo lo que ahora soy. Una vez una compañera mía me dijo que yo era un producto 100% El País. Y en verdad, así es. Fue una experiencia increíble. Un crecimiento personal y profesional absolutamente continuado. Además, durante estos quince años también ha habido un enorme desarrollo del periodismo de moda en España. Cuando yo empecé a trabajar, los medios clásicos o generalistas apenas se interesaban por la moda. Pero, poco a poco, surgió un auténtico boom de revistas especializadas, de formación y de cobertura. Y El País ha sido claramente un lugar estupendo donde presenciar y formar parte de esa explosión.

¿Cuáles fueron los mejores momentos que viviste en El País?

Es complicado escoger uno. He vivido muchas etapas diferentes y todas ellas, a su manera, han sido súper interesantes. Obviamente, el momento en el que me hicieron redactora jefe de El País Semanal fue una oportunidad valiosísima, porque no solo se trataba de una revista de moda. La posibilidad de dirigir un producto más global fue un paso profesional muy importante. Suponía reconocer que los periodistas de moda, más allá de nuestra supuesta frivolidad, también podíamos hacer otras muchas cosas.

Preguntarte a estas alturas por qué escogiste la moda sería bastante desacertado, especialmente después de leer los artículos de opinión que escribías en la revista Icon. Recuerdo uno en el que hablabas de cómo el reloj que le regalaste a una expareja tuya terminó marcando vuestra relación. ¿En eso consiste la moda para ti?

No solamente. Una de las cosas que me parecen más interesantes del mundo de la moda es lo increíblemente rico y variado que es. La moda es diversión y reflexión; es tradición e innovación. Con ella puedes ser espectacular e intelectual al mismo tiempo. Puedes jugar y alcanzar diferentes caracteres; encarnarte en muchísimas personalidades. Y el hecho de que sea un espacio muy cotidiano en el que todos podemos participar y en el que, además, se reconcilian ideas opuestas, lo convierte en un universo fascinante. En ese artículo yo hablaba de cómo a los objetos el valor se los da el usuario. Al fin y al cabo la moda es un vehículo de expresión para el diseñador o el creador, pero también lo es para el receptor. Los productos tienen una segunda vida en la que el consumidor les ofrece una carga emocional.

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El pasado mes de marzo dejaste El País para capitanear la edición española de Harper’s Bazaar. ¿Cómo empezó todo?

La revista ya estaba editada en nuestro país desde hacía cinco años por Spain Media. A finales del 2014, el grupo Hearst adquirió el dominio de Harper’s y me propusieron dirigirla. El tiempo que quedaba para lanzar la nueva edición era muy ajustado, así que no había mucho tiempo para pensárselo. Fue una decisión inminente. Empecé a trabajar en el producto el uno de diciembre y, a finales de febrero, todo debía de estar preparado. Teníamos poco más de dos meses para lanzar la revista en papel, crear la web y montar el equipo. Era una auténtica locura, pero había una gran ilusión por parte de todos. La energía que teníamos era algo que había que embotellar para luego bebérselo más adelante, en momentos en los que no hubiese toda esa excitación y pasión.

Los fanáticos de la moda en España esperaban con ansias la llegada de esta nueva Harper’s Bazaar. Y cuando fueron a comprarla, lo primero que les sorprendió fue el titular de la portada “¿Por qué no volver a empezar?”. ¿Era necesario volver a empezar?

Bueno, ante todo esa era la idea. El titular reflejaba lo que le estaba sucediendo a la revista: que volvía a empezar en España porque contaba con un equipo completamente nuevo. También era un reflejo de lo que nos ocurría a muchos de los profesionales que estábamos haciéndola. La mayoría volvíamos a empezar con este proyecto, cambiando en algunos casos de espacio o lugar. El titular, finalmente, también era una referencia a la transformación que sufre la moda cada seis meses. En marzo el sistema volvía a empezar para renovarse y continuar proyectándose en todos nosotros.

¿Cuáles son tus objetivos a cumplir en Harper’s Bazaar?

El principal objetivo con una cabecera como esta es estar a la altura de la herencia. Para mí es imprescindible aplicar al día a día los valores que han marcado la historia de la revista, y lograr innovar con ellos. También me gustaría que la gente en España conociera mucho más Harper’s Bazaar. Creo que su trayectoria no es suficientemente conocida entre el gran público de nuestro país, por lo que un propósito firme sería transmitir, con toda la fuerza posible, el legado presente y futuro de la revista.

Las revistas de moda han iniciado un proceso de espectacularización. Kim Kardashian protagonizó una de las portadas de Harper’s Bazaar en Arabia Saudí, y cantantes como Miley Cyrus o Justin Bieber han aparecido en editoriales de medio mundo. ¿Qué supone este proceso?

La industria de la moda ha cambiado completamente, no solo las revistas. En la era dorada de la alta costura el sistema era un reducto al que accedían muy pocas personas. En cambio, a día de hoy, la industria de la moda es una industria del espectáculo, que ha sufrido una transformación al igual que muchas otras industrias, como resultado de la sociedad de la información en la que vivimos. La globalización permite que las imágenes estén disponibles de manera instantánea en todo el mundo. Por esta razón, la moda presenta unas audiencias mundiales que jamás ha tenido. El hecho de que las celebridades participen actualmente en el sistema es una de las consecuencias de este cambio, pero hay muchas más. Que un desfile lo vean diez millones de personas en directo me parece una transformación brutal en el planteamiento creativo. Afecta a cómo deben mostrarse las colecciones de ropa y de qué manera deben venderse.

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Parece ser que la moda, últimamente, resuelve muchos de sus problemas creativos con exuberantes puestas en escena. ¿Representa esto un problema?

Creo que es otra de las consecuencias de la industria del espectáculo. Cuando tú preparas un desfile que se va a ver automáticamente en todo el mundo y tienes que competir con acontecimientos como la Super Bowl, es lógico que conviertas la pasarela en un espectáculo. Después de todo necesitas atraer la atención de unas audiencias, cada vez más globales y exigentes, que esperan de la moda lo mismo que del deporte o la música: que les entretenga.

¿Cómo percibes la industria de la moda en nuestro país?

Esta es una pregunta con una respuesta amplísima. La moda en España tiene grandes activos. Somos uno de los principales productores textiles en el mundo y hay grandes empresas como Inditex realizando un extraordinario trabajo fuera y dentro de nuestras fronteras. Sin embargo, los españoles tendemos a ningunear este valor; muchos ni siquiera son conscientes de él. Pero es necesario aprovechar y cuidar al máximo la industria para que siga generando puestos de trabajo. Si al final unimos los esfuerzos, algún día podremos formar una potencia internacional no solo de producción, sino también de creación.

Los jóvenes diseñadores españoles deben enfrentarse a un mercado nacional incapaz de comprar sus colecciones vanguardistas. Como consecuencia, no pueden costear un proceso de producción y rentabilizar las prendas. ¿Cuál podría ser una posible solución?

La oportunidad que tienen ahora los jóvenes creadores es precisamente la globalización de la moda. Si tú antes eras un diseñador español dependías de la aceptación que tuviera tu producto en el mercado nacional. A día de hoy, afortunadamente, no tienes por qué circunscribirte al mercado español, sino que puedes alcanzar a un consumidor que se encuentre en cualquier parte del mundo. Una vez me lo explicó muy bien el director de Style.com. Su plataforma había alcanzado un éxito increíble gracias a las capacidades de Internet. Con él había sido posible convertir los públicos muy nicho de cada país en un gran público masivo. Es decir, juntando a los frikis de la moda que se encontraban perdidos en diferentes zonas del mundo, Style.com había logrado una masa crítica global. Por eso creo que la red es una oportunidad magnífica para los jóvenes diseñadores. Además, ahora también es un momento favorable para ellos porque, así como hace diez años todas las miradas estaban centradas en firmas centenarias, en la actualidad los grandes grupos de lujo han decidido invertir en marcas jóvenes, evidentemente consolidadas. Es el caso de Christopher Kane o de Altuzarra.

Como has comentado antes, a menudo los españoles tendemos a ningunear nuestro potencial y a olvidar que, con Inditex y Mango, somos los abanderados de la democratización de la moda. ¿Cómo nos perciben en el mercado internacional?

La verdad es que desde el extranjero, en términos generales, siempre nos perciben mucho mejor que nosotros mismos. Creo que nuestro país tiene un valor cultural e histórico que la gente aprecia muchísimo. Digamos que lo español, en el arte, la gastronomía, la arquitectura e incluso en la moda, tiene un atractivo y un aroma muy reconocidos a nivel internacional. Con esto no quiero decir que desde el extranjero se esté apreciando a diseñadores concretos españoles, porque no es verdad, pero sí que existe esa idea romántica de España. Una idea que muchas veces tiene que ver con clichés, y otras veces no.

Recientemente has publicado el libro La elegancia masculina. En él exploras la evolución del guardarropa del hombre para comprender su presente. ¿Por qué vestimos como vestimos?

Nuestra vestimenta actual es el resultado de un producto social, cultural, histórico y económico. Todos nosotros somos una ecuación de estos factores aplicados en un momento y lugar determinados. Una ecuación a la que le sumamos o le restamos nuestra personalidad, carácter e intención.

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James Dean pasó a la historia por ser un rebelde sin causa. Tanto en la realidad como en la ficción, el actor se convirtió en un icono de estilo al popularizar las cazadoras ‘perfecto’ y los pantalones vaqueros. Qué suerte hubiese tenido la moda de no ser por aquel accidente.

Es curioso saber que, durante mucho tiempo, el hombre marcaba las tendencias y la mujer simplemente se limitaba a emularlas. La Revolución Francesa fue la que invirtió este proceso al obligar al hombre a desprenderse del color y de cualquier carga ornamental. ¿Por qué después de tres siglos la mujer sigue siendo todavía la imperante?

Yo creo que es una herencia de esa gran renuncia masculina a la decoración y ornamentación, que desde entonces se reservó exclusivamente al patrimonio de la mujer. En el siglo XVIII se supone que el hombre tenía que trabajar y producir, y entretenerse en esas cuestiones no estaba reñido con la seriedad que implicaba el trabajo. Como resultado, la preocupación por la vestimenta quedó relegada a la mujer, que no trabajaba, no producía y era una decoración en sí misma.

¿En algún momento el hombre volverá a recuperar su protagonismo?

Ahora los hombres están empezando a reclamar ese espacio que tuvieron que abandonar. Era injusto que no pudieran jugar, ni entretenerse, ni definirse con su vestuario. A mí por ejemplo me parece muy paradigmático el caso de las joyas. Hoy las asociamos completamente a la mujer, pero en realidad no hay nada intrínsecamente femenino en ellas. De hecho, los hombres han llevado joyas desde la prehistoria, porque es un elemento que tiene ver con el ritual, la celebración y la esencia del ser humano en cualquiera de sus géneros. Y por fin los hombres lo han comprendido. Durante estos últimos años han empezado a arriesgarse, a utilizar joyas y a experimentar con ellas. En una entrevista que le hicieron a Raf Simons recientemente, él comentaba que la moda masculina está viviendo un momento mucho más extremo que el femenino.Y a mi eso me resulta súper interesante, porque la situación que hemos vivido hasta ahora no tiene mucha justificación. Es absurdo seguir aceptando unas construcciones sociales que, claramente, son anacrónicas.

Si la segunda mitad del siglo XX quedó marcada por la popularización de la moda con los chándales y pantalones vaqueros, este nuevo siglo destaca por cuestionar los códigos de lo masculino y femenino. ¿Por qué nace esta nueva mecánica?

Porque hay una necesidad de rebelarse contra lo establecido. El hecho de definir las prendas como masculinas o femeninas ha sido un ejercicio de encerrarnos en ciertos códigos incoherentes. Ahora mismo, una de las cosas más interesantes en la moda tiene que ver con preguntarse por qué seguimos vistiendo de hombre o mujer. Si nos parece absurdo que las niñas tengan que ir de rosa y los niños de azul, no es menos absurdo que los hombres tengan que llevar cierta ropa y las mujeres otra. Necesitamos por tanto romper las fronteras, pero romperlas de verdad. No vale jugar a que las señoras se vistan de señor, y los señores de señora. Simplemente debemos darnos cuenta de que existen un montón de recursos formales a nuestra disposición, y de que podemos jugar con ellos como mejor nos apetezca.

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Hedi Slimane reinterpretó en abril de 2012 el esmoquin con el que Yves Saint Laurent vistió a la mujer de 1966.
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¿Quién dijo que ellos no podían llevar tacones? Así es cómo el diseñador irlandés J.W. Anderson entiende al hombre actual. Colección otoño/invierno 2014.

Creo que este proceso que está viviendo la industria tiene que ver con un fenómeno sociológico muy interesante. En un futuro podremos decidir quienes queremos ser y lo tendremos mucho más fácil porque las fronteras de género se habrán desdibujado al completo. Un ejemplo claro es la hija de Brad Pitt y Angelina Jolie cuando les pidió a sus padres vestir con traje, o el hijo de Will Smith que recientemente ha experimentado con prendas femeninas.

Después de varias reivindicaciones por los derechos humanos, hoy estamos empezando una nueva lucha, que es la de la gente que no se siente identificada con uno de los dos géneros o con la idea convencional de alguno de ellos. En este sentido, la moda actúa como un reflejo de nuestro tiempo, como un termómetro de lo que ocurre en la sociedad. Que ahora estemos viendo esta revolución en la moda no es pura casualidad, simplemente es que está respondiendo a una nueva dinámica social, como ha hecho siempre. De la misma manera con la que plasmó la liberación de la mujer y los movimientos juveniles en los sesenta. Y para mí, este es uno de los grandes valores que tiene la moda. Con el vestuario de cada época puedes identificar muy bien cuáles fueron los anhelos, los problemas y la suerte de cada generación.

Hemos analizado tu libro y una trayectoria profesional imparable. ¿Qué te queda por cumplir?

Ahora mismo estoy concentrada en la revista de Harper’s Bazaar para la que tengo una enorme ilusión. Aún así, me quedan muchísimos proyectos por hacer. Quiero seguir nutriéndome de nuevas experiencias y renovarme con ellas. Creo que una de las maravillosas cosas que tiene esta profesión es que todo puede volver a empezar, ¿verdad?