Androides

by Oriol Bruc,

Androides | itfashion.com

El metro está abarrotado. El vagón está tan lleno que resulta prácticamente imposible mover los brazos, pero todos los pasajeros tienen el móvil en las manos. La sensación es asfixiante, y en la pequeña pantalla de información aparece el rostro jovial de una chica oriental. Su nombre es Asuna. Es la recepcionista de la Semana del Diseño de Tokyo, donde habla y se expresa en japonés e inglés, interactúa con los visitantes y hace tintinear sus pendientes de corazón sin abandonar jamás su puesto de trabajo. Es muy educada, no necesita ausentarse a los servicios y trabaja sólo para poder comprarse un nuevo brazo. Porque ella, en realidad, es un robot.

Levanto las cejas y miro a mi alrededor en busca de otras expresiones de sorpresa, pero todas las cabezas están en los teléfonos. La noticia sigue hablando de la feria de tecnología, donde se han presentado las últimas innovaciones en robots capaces de cantar, tocar instrumentos, ayudar en las tareas domésticas y llevar las últimas tendencias en moda.

No puedo evitar pensar en los replicantes de Blade Runner, los androides de Dragon Ball, C3PO y la voz de Scarlett Johansson en “Her”, donde la relación entre humanos y máquinas va más allá de lo estrictamente profesional. La ciencia ficción siempre ha concebido a los androides como una forma de vida artificial capaz de desarrollar emociones humanas, fallar a su propia programación e incluso rebelarse contra sus creadores. Suelen vivir en distopías donde la soledad es substituida por compañía artificial y los límites entre humanidad y sistema quedan difuminados en un terreno inquietante.

Vuelvo a mirar dentro de aquel vagón, donde soy incapaz de escuchar ninguna conversación, y me pregunto cuántos de ellos habrán intentado mantener una conversación básica con Siri. La comunicación virtual va cogiendo terreno sobre la convencional, substituyendo conversaciones por grupos de WhatsApp, cafés por emoticonos y palabras por capturas de imágenes. Los humanos vamos enredándonos irremediablemente con la tecnología, con el mundo virtual, invirtiendo gran parte de nuestro tiempo en lanzar mensajes a través de la red, en crearnos un perfil, en pulir los rasgos de nuestra persona en internet.

Asuna sigue gesticulando en la pequeña pantalla, con sus ojos artificiales, con su ropa convencional, cada vez más cerca del modelo de androide capaz de estar a la par de la humanidad. Los pasajeros están concentrados en su pequeño mundo virtual, ajenos a ella, ajenos a los demás, y por un momento los imagino en una playa desierta, rodeada de escombros, con la ropa desgarrada, rebelándose contra las máquinas y tirando, uno a uno, todos los móviles al mar.

Noto una vibración en el bolsillo que me devuelve a la realidad de aquel vagón, lejos de la playa y la rebelión humanista, de Asuna, de Blade Runner y Scarlett Johansson, y aunque resulta prácticamente imposible mover los brazos, saco el teléfono móvil. Después de todo, podría ser importante.

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