Amor de cine

by Oriol Bruc,

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Yves era un joven prometedor a las órdenes de Christian Dior. Había llegado a París desde su Argelia natal, cargado con infinidad de demonios a sus espaldas y una educación sofisticadamente burguesa. Dior le llamaba “mi pequeño príncipe”. Y en efecto, lo era. Vivió unos primeros años de trabajo en la maison francesa, antes de convertirse en el director creativo de la firma a la muerte del gran diseñador. Tenía veintiún años. Conoció a Pierre Bergé, fue ingresado en un hospital psiquiátrico, fundó su propia firma de alta costura, vivió con ímpetu el desenfreno de los 70 y se hizo un nombre en el mundo de la moda. Y se ganó un biopic.

La del biopic es una vida curiosa. Tras las películas de Chanel, el documental de Valentino y la excentricidad en general de Karl Lagerfeld, 2014 ha traído consigo dos versiones de la vida de Yves Saint Laurent, como ya ocurrió en 2009 con la incombustible Coco. “Yves Saint Laurent”, la de los actores menos famosos y más parecidos, muestra la vida del diseñador desde su llegada a París hasta su caída a los infiernos, siempre acompañado de Pierre Bergé. El empresario dio su beneplácito a la cinta, llegando incluso a prestar su apartamento, su historia y alguno de los trajes que aparecen. El film, aunque cuidado, transcurre de forma lenta, reflejando una vez más los vaivenes de la vida bohemia en París sin profundizar estrictamente en ninguno de sus aspectos.

Excepto en la relación de Saint Laurent y Bergé. Este vínculo es el tema principal al salir del cine, en la copa posterior y en una mañana como ésta, delante del ordenador, buscando más información. Según la historia, Yves era mentalmente débil, un creador asustado por sus propios fantasmas que se dejó llevar por un Pierre más estable. Bergé ejerció de protector, mecenas y controlador, ayudando y limitando a Saint Laurent en una dinámica de dependencia. Un intercambio que algunos, como Karl Lagerfeld, parecen no tomarse en serio. Según el irreverente diseñador alemán, “Yves interpretaba el papel de víctima, pero no lo era.” Nunca lo sabremos.

Su relación parecía seguir su propia estructura, como todas las demás. Parejas como Miranda y Steve de Sexo en Nueva York, Thelma y Louise, Lauren Bacall y Humphrey Bogart o Patti Smith y Robert Mapplethorpe han roto los cánones establecidos demostrando que los roles y actitudes son tan variables como los estados de ánimo. Tengo una amiga que arquea una ceja siempre que en la conversación sale un tema comprometido. Y pregunta: “¿Quién soy yo para juzgar?” En realidad, tiene razón. Puede que sea fruto de la curiosidad humana, que nos empuja a comprender, a saber más, a buscar explicaciones lógicas. Aunque a veces, simplemente, no las haya. Y mientras sean sanas, deberíamos olvidar relaciones, roles, etiquetas, y dejar de decidir cómo, por qué y con quién eligen vivir los demás. Y planear nuestro propio biopic. Algunos, entretanto, esperaremos el de Donatella.

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