El Show de Victoria’s Secret tiene los días contados

by Raquel Bueno,

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Modelo en el Show de Victoria’s Secret de este año.

A la luz de los recientes escándalos de acoso sexual, que se han hecho públicos a raíz de las primeras denuncias a Harvey Weinstein, parece que también ha empezado a despertar un nuevo clima cultural que dice basta a la objetualización de las mujeres que hasta ahora eran mundialmente aclamadas en grandes celebraciones de la moda como el Show de Victoria’s Secret o el descarado calendario de adviento de la revista británica LOVE, de cuyo desastre ya os hablábamos hace unos días.

Parece que ya no nos apasiona tanto esa fantasía de ver como algunas de las mujeres más guapas del mundo se pasean con peligrosos zapatos de tacón y alas de hasta nueve quilos fingiendo la más sincera de las sonrisas, ni ver a estas mismas modelos tirándose pasta por encima y toda otra serie de banalidades absurdas. Aunque, como ya escribía la editora de moda Vanessa Friedman en el New York Times, Victoria’s Secret ha enmarcado su desfile durante mucho tiempo como una demostración pública de empoderamiento de la mujer: sobre su poder de experimentar libremente su sexualidad y facilitar lo que Friedman exponía irónicamente como “sus fantasías de ser princesas de hadas o, al parecer, Pocahontas“.

Sin embargo, parece que esos argumentos se sostienen hoy de forma un tanto débil, y que los actos llevados a cabo por este desfile no acaban de encajar con los valores que aparentemente tanto predica. Unos valores, de hecho, muy similares al argumento utilizado mucho antes por Madonna al promover su libro Sex, o la más que conocida Dita Von Teese. Aunque unos principios, también, un tanto hipócritas y obsoletos, al fin y al cabo, y un argumento hace tiempo desfasado que parece que necesita elevar también su nivel.

Vivimos en el siglo XXI, señores, claro. La mujer puede llevar la ropa que le dé la gana y cómo le dé la gana, eso ya lo sabemos, pero este hecho no significa necesariamente que esta misma mujer tenga que responder a unos ideales estéticos de dimensiones imposibles y pasearse en ropa interior y hasta las cejas de maquillaje todo el día, no. La libertad de la mujer no consiste en eso, sino en su poder de elección, y de abrazar y defender esta decisión –ya sea vestir en ropa interior o sudadera, pintarse los labios de rojo o no depilarse las axilas– hasta sus últimas consecuencias.

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Kendall Jenner y Taylor Hill en el Show de Victoria’s Secret de París en 2016, del libro “Backstage Secrets” de Russell James. © Russell James.

Y sí, Victoria’s Secret defiende, en parte, algunos de estos ideales. Aunque solo el que dicta que la mujer es totalmente libre cuando no muestra pudor alguno en exhibir su cuerpo perfecto –logrado gracias a dietas específicas y horas y horas de duras rutinas de gimnasio– cubierto (o más bien descubierto) de lencería delante de millones de espectadores. Aunque algo me dice, en lo más profundo, que quizás aceptar plenamente nuestra sexualidad como mujeres y abrazar nuestra libertad (y corregidme, por favor, si me equivoco) no sea, como ironiza Friedman y juzgando por el espectáculo, ese juego que parece que lo único que pretende es que estas mujeres interpreten el papel de “unas suaves y altamente decorativas sirenas por un día“.

A propósito de ello, Edward Razek, el dueño de la célebre marca y director ejecutivo de su desfile de moda, afirmaba: “Ya sé que hay estas otras cosas ahí fuera. Pero para nosotros esto va sobre un poder y una singularidad con la que los hombres no pueden competir“. ¿Y no son esos mismos hombres de los que habla Razek los primeros en babear viendo este tipo de exhibiciones y que luego esperan que el resto de mujeres nos comportemos de la misma forma? Además, ¿por qué narices tiene que ser esto una competencia? ¿Por qué el feminismo tiene que ser algo estrictamente separado de los hombres? No, no, ni de coña. Esto es 2017, las reglas del juego han cambiado y estamos, mucho me alegro, todos juntos en esto. Una lucha que es, por descontado, de hombres y mujeres, y cuyo objetivo es lograr la igualdad de la mujer, y no excluir a nadie.

Y aunque dé la impresión de que las intenciones del célebre desfile, al igual que las del calendario de LOVE, son buenas, parece que no han sabido hacer llegar del todo bien al público su mensaje. Y por eso, otros calendarios como el mítico Pirelli, se han alejado esta vez de la desnudez y han encaminado su narración hacia otro tipo de celebración diferente de la mujer que, al contrario que el Show de Victoria’s secret y en palabras de Friedman, no presentan a la mujer como “bien, regalos –desenvueltos pero conservando aún sus lazos–” que “sugieren que está bien que los otros las vean de esta manera, también“.

Y es que existe una diferencia bastante evidente entre el aprovechamiento y el empoderamiento, y parece que Victoria’s Secret está consiguiendo más lo primero que lo segundo. Por eso también, quizás, L Brands –la compañía propietaria de la marca– ha sufrido problemas durante todo el año 2017 con ventas rezagadas y una disminución por encima del 6% en sus acciones en noviembre, al mismo tiempo que registraba un 11% menos en sus ventas de este mismo momento hace justo un año. Por lo que parece, ha llegado el momento de que la marca se replantee algunas cosas, sobre todo la relevancia de un show anual con una fórmula tan repetitiva como esta (que parece que dejó de evolucionar en 2009) y el impacto que tiene esta percepción de la mujer –tan en contradicción con los valores que predican– en sus ventas.

En un momento en que las representaciones honestas de las mujeres en los medios adquieren día a día una mayor importancia, parece que los ángeles de Victoria’s Secret son cada vez más frívolos, menos representativos de la mujer con poder real y, en definitiva, demasiado débiles. Y, quizás también, las alas que Razek cree estar dando a las mujeres se las esté, en realidad, cortando; y su tan aclamado en el pasado show tenga, ahora, los días más que contados.